Pregones de feria

La feria del 2003 se abrió con el pregón a cargo de Juan Leyva León: un viaje retrospectivo a lo largo del tiempo en que se narran curiosas vivencias acerca de la feria a ojos de una persona que se rinde ante el cambio de las costumbres, y como no, de si mismo y de su manera de percibir las cosas. Tenemos la ocasión de leer alusiones puntuales -que a más de uno le refrescó la memoria y le permitió evocar con romanticismo y melancolía la austeridad y humildad con la que se celebraban las fiestas en honor a nuestra Inmaculada-, así como un derroche de conocimiento de lo que era el pueblo por aquel entonces, hasta llegar a nuestros días, en los que con elegancia invita a propios y extraños a disfrutar y hacerle partícipe de nuestra feria. Excelente pregón de Juan, que sin duda, merece un sitio en esta página: disfruten de él.

 

PREGÓN DE LA FERIA DEL AÑO 2003 DE NUESTRA VILLANUEVA DE LA CONCEPCIÓN

           

            Mi querido alcalde y demás autoridades locales. Queridos paisanos y paisanas que estáis ya impacientes y deseando que comiencen estas magníficas fiestas  que vamos a vivir durante los próximos días. Permitidme que también me dirija a mis queridos amigos y amigas de aquella inolvidable pandilla con la que compartí y disfruté las primeras ferias que recuerdo:

            Antes de comenzar propiamente a leeros el pregón, me gustaría decir que os agradezco que me permitáis compartir con vosotros, en esta preciosa noche de agosto, este momento inolvidable que, aunque hecho un manojo de nervios, estoy disfrutando; al tiempo que deseo manifestar a la Corporación Municipal mi gratitud por haberse acordado de mí para proponerme ser el pregonero de nuestra feria. Es igualmente mi deseo, siendo tan efímeros los buenos momentos de esta vida, manifestar mi humilde reconocimiento y admiración a todos los pregoneros que me han precedido en años anteriores,  que han sabido ensalzar de forma espléndida a nuestra feria. Por otro lado, siendo un encendido admirador de nuestro querido Antonio Montiel, no puedo dejar pasar esta ocasión sin recrearme en el fantástico cartel que Antonio nos ha pintado este año para anunciar nuestra entrañable feria y decirle que, aunque es difícil superarse cuando se han alcanzado cotas de perfección tan altas, cada vez lo hace más bonito. ¡Felicidades, Antonio!.

            Hace ya un año que le presenté formalmente a mi Villanueva del alma mi declaración de amor, a través de un artículo, publicado en  prensa, que fue recibido por vosotros -mis queridos paisanos- con muchas muestras de cariño. Quiero ahora aprovechar la ocasión para agradecéroslo y deciros que me hizo feliz saber que toqué las fibras sensibles de muchas personas que, como yo, aman a nuestro pueblo. Hoy, sin embargo, tras un noviazgo no demasiado largo, estoy aquí para consumar esa declaración de amor pidiendo la mano de la novia y, con vuestro permiso, celebrar una boda que va a durar estos maravillosos cuatro días de feria. Lo único que lamento es que la novia no tiene -espero que sólo sea por poco tiempo- el padrino que se merece. Y aunque no es éste momento de reivindicaciones, disculpadme si abuso de esta ocasión -que tan gentilmente me brindáis- para decíroslo. Pienso que ya es hora de que la novia, nuestra Villanueva, tenga el padrino que lleva muchos años necesitando y que, por si alguien lo duda, os diré que tiene un nombre un poco largo y que no se encuentra en el santoral, aunque es bien conocido por todos: MUNICIPIO es su nombre y AYUNTAMIENTO su apellido. Perdonadme por haberme tomado esta licencia.

            Cuando se me propuso, hace ya algunos días, que pregonase nuestra feria, no supe negarme. Acepté el envite con ilusión y ni siquiera me hice de rogar, pues -la verdad sea dicha-  cualquier cosa que yo pueda hacer por mi pueblo pasa de ser proyecto a realidad en un periquete. Así pues, con muchísimo respeto ante la tarea encomendada y -por qué no decirlo- con un tanto de miedo ante la incertidumbre de si sabré estar a la altura que nuestro pueblo se merece, me he puesto delante de un papel y he dejado que vuele mi alma, no pudiendo evitar que a mi pensamiento acudan, en estas benditas y algo calurosas noches de agosto, tantos y tantos recuerdos imborrables de ferias pasadas, así como las muchas vivencias que, a lo largo de los años, han ido ocupando sitio en un rincón de algún cajón de mi vida. Y no sólo recuerdos,  sino también todo un desfile de amigos  y vecinos de este paraíso nuestro que se llama y se escribe, con letras mayúsculas, VILLANUEVA DE LA CONCEPCIÓN; amigos, que muchos siguen aquí entre nosotros y otros, que aunque se marcharon un día,  triste día, hoy siguen aún vivos, muy vivos en nuestros recuerdos y en nuestros corazones.

            Tienen algo las ferias que suscitan nostalgias y evocan  momentos de nuestras vidas en que hemos disfrutado muchísimo, tanto cuando de pequeños íbamos de la mano de nuestros padres como luego, ya de mayores, en que la mano que tomábamos era la de nuestra chica, más tarde la de nuestra mujer y finalmente, cerrando inexorablemente el círculo, la de nuestros propios hijos. Cuando me puse a escribir estas líneas pensé en muchas otras ferias que he conocido y en sus correspondientes y variados pregones, y la verdad es que todos tienen algo en común que todos vosotros podéis imaginaros. Sí, en efecto, es eso que estáis pensando. El enorme cariño del pregonero -también de este pregonero- por su pueblo, por sus gentes y, en el caso nuestro, por algo difícil de explicar; pero que se mantiene vivo, como flotando en el aire y que no morirá nunca. Es eso tan personal que tiene nuestro pueblo y que ha definido nuestra existencia, calando en nuestra alma desde el mismo día en que nos parió nuestra querida madre. Ya sabéis, ese “soy del pueblecillo” que imprime carácter y que nos distingue en cualquier rincón del mundo que pisemos, desde las Ramblas de Barcelona hasta las fábricas más importantes de Frankfurt y desde los campos de la vendimia franceses hasta la zona más industrial de Basilea, sitios en los que han dejado su huella, su sudor y buena parte de sus vidas muchísimos de nuestros paisanos. Felicitémonos pues, por haber nacido en este entrañable pueblo. No hay otro que se le parezca, os lo puedo asegurar.

            Al ponerme a pregonar y piropear a la feria de mi pueblo, no puedo  evitar trasladarme a muchos años atrás, a las primeras ferias que cada uno guardamos en algún rinconcito de nuestro corazón. Años de niñez, de adolescencia, de amistad, de partidos de fútbol con el equipo de las “escuelas nuevas” en que no sólo nos jugábamos el resultado, sino casi nuestro “honor”, acaso por defender a una chica de nuestra pandilla que habría sido indebidamente piropeada por un intruso del equipo rival. En fin, cosas de niños.

            Traían en aquellas ferias de mi niñez, tal vez,  pocas atracciones típicas. Apenas la ola, que de chico acababa uno medio mareado o los balancines, ¿os acordáis de los balancines?. Sí, también le llamaban las "Delicias" y eran tan altas que podía uno dominar desde la puerta de Pascual casi todo el pueblo. Recuerdo que la primera vez que me subí en ellas, más que disfrutar con el paseo, sentí verdadero miedo; así que decidí que, en lo sucesivo, me subiría en las barquillas que estaban allí al lado. Claro, también estaba la serena -con sus espejos y barrocos decorados- y la noria, ¡ay, la noria! ¡cuantas historias y besos de enamorados se robaron cuando se estaba en lo más alto!, en la que teníamos que afrontar el contratiempo de que se nos podía ir hasta media hora o más entre el paseo, más bien corto, y el tiempo que se pasaba uno en los cajones mientras llegaba el relevo; dándote tiempo a repasar -entre tanto- todos los éxitos musicales del momento, que Joaquín, el dueño de la noria, se encargaba de ponernos. En algunas ocasiones venía una tómbola y también -¡cómo olvidarlo!- las ratas indias que traía Juan Haro para hacer apuestas. A veces, en las vísperas, se comentaba que habían venido los autos de choque pero que, lamentablemente, se habían tenido que marchar por no disponer de un lugar apropiado para instalarse. Yo siempre sospeché que eso era un bulo que se lanzaba para animar a la gente menuda. Lo cierto es que los días precedentes eran de muchos nervios y trasiego y nos pasábamos las horas en los escalones de las casas de esta plaza, mientras veíamos instalar los “carricoches” ¿Ha venido la ola?, preguntábamos. Dicen que este año no viene la noria porque le han pedido mucho dinero para instalarse. Es que no le han dejado sitio apenas  y encima quieren cobrarle también por la autocaravana, se rumoreaba. Verás tú si nos fastidian la feria entre unos y otros, pensábamos un tanto nerviosos  los chiquillos.

            No debería olvidarme que se organizaba también una bulliciosa feria de ganado, ahora ya prácticamente extinguida, en la que se levantaban los típicos “chozaos” con vigas, cañizo y palmas. En ellos,  recuerdo que se hacían muchas operaciones de compra-venta de caballos, mulos, burros, etc. con la consiguiente trapisonda que se organizaba con las llamadas “guías”que eran algo así, muchísimos de vosotros lo sabéis, como el carnet de las bestias y se regularizaban bajo la supervisión del veterinario; aunque vaya zapatiesta se organizaba, de vez en cuando, por causa de las dichosas guías y los “correores”,  personajes medio irónicos, medio filósofos y de palabra fácil, que eran capaces de convertir en un interminable y curioso espectáculo un simple trato de compra-venta de un muleto. Vaya pues nuestro reconocimiento lleno de afecto a esos peculiares mediadores en los tratos y que forman parte ya de la galería de personajes entrañables de nuestra tierra.

            Si la feria era mágica, no lo eran menos las vísperas, como siempre ocurre con tantas cosas de esta vida. El pueblo se transformaba con la llegada de todas aquellas personas que un triste y esperanzador día tuvieron que marcharse en busca de trabajo y futuro a otras tierras. De pronto, la gente se sentía alegre. Saludos y más saludos. Los “forasteros”, queridos forasteros nuestros, de Cataluña, de Francia, de Alemania, de Suiza, etc., estaban nuevamente entre nosotros y  contaban sus batallitas que a  veces no eran más que un intento por suavizar la tristeza de todo un año de añoranzas, lejos de su querida Villanueva. También los vecinos de todos los cortijos de los alrededores del pueblo acudían, tras las duras tareas agrícolas del “agosto”, a disfrutar de su feria y así sus hijos supieron que, además de la durísima vida del campo, había algún que otro pequeño placer por descubrir. Nuestras madres, por entonces, ya nos habían comprado el pantaloncito y la camisa en “clasecita” buena; para estrenarlos en feria, claro. ¡Ah!, se me olvidaban los zapatos nuevos que, igualmente, había que estrenar y por los que había que pagar, no sólo su precio en pesetas, sino también un duro tributo: las "sebaduras" que seguramente durarían toda la feria y algunos días más. Pero así era y así nos ilusionábamos con nuestra feria.

            No había mucho donde elegir, pero  tenía mucho encanto. Casi todo se concentraba en esta magnífica  plaza que se atiborraba de gente en las noches de feria, hasta el punto que coger una mesa en la misma era empresa harto difícil, pues se ponía a "tentebonete", sobre todo si ese año actuaba en la plaza una orquesta con una “animadora” Se instalaban a lo largo de calle Real grandes puestos de turrón -dos casetas a la entrada frente a frente- que exponían, al llegar la tarde, todas esas chucherías y exquisiteces a las que hoy ya no le damos apenas importancia, pero que tanto gustaban a  niños y mayores. En las afueras del pueblo, durante el día, los disparos de los cazadores y aficionados retumbaban de "contino" en el concurso de tiro al plato, mientras  los mozuelos pugnaban en las carreras de cintas por hacerse con una muy especial, la que había bordado esa guapa mocita de la que el galante jinete estaba "enamoraucho", y que habría de colocársela en el brazo para lucirla por toda la feria como un triunfo incomparable. ¿Tenían o no tenían algo de magia aquellos momentos?.

            Algunos años más tarde, ya en mi época de conquistas y primeros escarceos amorosos, asistíamos a los bailes que se organizaban, bien en el salón de arriba de Paco Jiménez o en la calle del cine con un conjunto musical. En épocas de escasez presupuestaria o cuando no eran años electorales -bueno, es un decir, ya sabemos las elecciones que entonces se hacían- organizábamos nosotros mismos los bailes con un pickup en alguna  terraza como la del bar de  Gregorio, que -de noche- era un sitio muy fresquito; pero de día era tan sofocante el calor, que se derritieron los discos que la noche anterior habíamos dejado al aire libre. En fin, cosas de chicos.

            Por entonces siempre comenzaba la feria el día 15, el día mágico de la patrona. Ese día, al igual que ocurre ahora, bajaba la virgen majestuosa desde la iglesia en procesión, engalanada con preciosos adornos florales y con ese “selecito” en la cara que sólo ella y las guapísimas mujeres de este pueblo saben irradiar. Con la música que tocaba la banda que había venido de Antequera, la acompañábamos por las calles de Villanueva, mientras las chicas y mujeres bonitas de nuestro pueblo, con su pelo adornado de jazmín, presumían con garbo y gracia, luciendo el precioso vestido que se habían hecho para estrenarlo el día de la Virgen. Tal vez no había alumbrado de feria y, a veces, ni siquiera unas simples tiras de banderitas de papel, pero las fachadas de las casas recién encaladas, o puede que sólo con unas “bajeras” bien dadas, estaban prestas para saludar con cierto orgullo y una pizca de altanería a su virgen guapa que, por regalar algo a nuestro pueblo, le regaló hasta el precioso nombre que tiene. Luego, terminada la procesión, todo el mundo a divertirse y a disfrutar de la feria que, aunque muy sencilla, nos parecía la mejor.¿O acaso no lo era?

            En realidad las cosas no han cambiado demasiado, ¿verdad?. Casi todo es igual. ¿O es que no sigue soplando alguna noche de feria ese  aire tan nuestro?. Sí, sí, me refiero al aire de la feria, que forma parte ya, como una seña de identidad nuestra, de la feria de Villanueva. ¿Y si sopla, qué?. Pues nos ponemos la rebeca o esa chaquetita de lino que precisamente tenemos guardada para lucirla el último día de feria, que es cuando esperamos que sople el aire y ya está. Además,  tenemos que quedarnos hasta muy tarde, para  tomar el chocolate con churros y a esa hora hará una “mihita” de fresco, ¿o acaso sería la feria lo mismo, si no lo hiciésemos?. Siguen  las  noches de feria  concentrando muchísimo gentío. La plaza y la calle Real se engalanan y se  llenan de familias que se reúnen alrededor de una mesa para pasar un rato que pretende ser divertido, con los pequeñajos dando la murga para que su papá les lleve a los cacharritos y la chica quinceañera buscando la complicidad de mamá para que le autoricen a regresar a casa a las tantas y media de la mañana, mientras el abuelete  tiene prisa por coger un sitio en la plaza para escuchar a los "cantaores". El camarero que  no viene, poniéndose todos impacientes y el chiquitín llorando porque su globo se le ha explotado.Y encima, el perrillo que, asustado con los cohetes, ha salido "desarbolao" calle abajo. En fin, cosas de feria.

            Lo cierto es que el ambiente festivo de nuestro pueblo no necesita de grandes alardes ni muchos acontecimientos de feria. Lo creamos siempre nosotros, compartiendo ilusiones, rememorando momentos mágicos ya vividos y todo aderezado con esa simpatía que tiene la gente del pueblecillo y esa forma de ser tan nuestra, que nos permite acoger con muchísimo cariño a nuestros forasteros de siempre y a todos cuantos nos visitan en estos días. Ojalá sigamos siendo siempre así y seamos capaces de continuar el legado que nos dejaron un día nuestros queridos padres y abuelos. También en estos días de feria debemos tenerlo presente. Ellos, igualmente, vivieron su feria y la disfrutaron a su modo fenomenalmente,  y esta misma noche -o quizás mañana- cuando el cielo se ilumine y se vista de color con la lluvia de fuegos artificiales tan propios de nuestra feria, se asomarán desde allí arriba -sí, sí, desde las Ventanillas- para ver lo bonita que ha quedado esta encantadora plaza, con todos estos adornos de feria que la hacen aún más bella si cabe.

            Para terminar, me gustaría contaros que hace unos días tuve ocasión de leer, impreso en una hoja de papel amarilleada por el paso de los años, un programa resumen de todas las actividades, ingresos y gastos generados en la feria -fijaos que antigua- del año 1924 y era curioso comprobar que, aparte de las actividades propias de la festividad, las clásicas carreras de cintas, la banda de música  que venía a acompañar a la Virgen, el “refresco”, nunca mejor dicho, para los músicos al terminar la procesión, etc, etc, había un detalle muy bonito que denota la solidaridad y el cariño  que siempre deberíamos ejercer con los que nos necesitan de alguna forma. Pues bien, la junta de festejos de ese año había reservado del presupuesto ferial una pequeña, aunque simbólica, cantidad para comprar cigarros puros con destino a los soldados, de nuestro pueblo, heridos o enfermos en  África y que estaban hospitalizados en Antequera. A mí eso, aunque parezca un detalle muy simple, me llamó gratamente la atención. Sigamos pues, aunque la feria nos embargue  estos días de un modo muy especial, siendo solidarios y acordémonos de quienes no lo están pasando tan bien, que como todos sabemos son muchos y no estoy pensando solamente en paisanos nuestros.

            Ya no os canso más. Me marcho, con mucha emoción y una pizca de tristeza, del mismo modo que la mañana del día dieciocho amanecerá un poco triste cuando, un año más, la feria  haya terminado y dé paso a esas maravillosas y apacibles tardes de final de agosto en que da gusto pasear por la carretera nueva -que, por cierto, ya no es tan nueva- viendo como se pone  el sol, vestido ya de un amarillo más tenue, allá donde se pierde la sierra por el Tajo del Espejo; o bien, recreándonos en el maravilloso paisaje de nuestra Villanueva que se vislumbra desde los canchales de la sierra, mientras nos  deleitamos con las primeras moras de la temporada. Todo queda invadido por una extraña tranquilidad. Parece como si necesitásemos levantar nuestro espíritu, que ha quedado un tanto maltrecho tras la paliza que nos hemos pegado durante los días de feria ... Poco a poco todo volverá a la normalidad y, como dice Joan Manuel Serrat, con la resaca a cuestas volverá el pobre a su pobreza, volverá el rico a sus riquezas y el señor cura a sus misas, y así hasta la feria del año que viene; pero hoy, vísperas del día de la patrona, tenemos toda la feria aún por delante y es tiempo de alegrías, es tiempo de dejar la melancolía a un lado y divertirnos  con nuestros amigos y familiares en estos bullangueros y ajetreados días que nos aguardan.

            Adelante pues, amigos míos, sed felices y dejad las penas aparcadas por unos días, y disculpad a este humilde aprendiz de pregonero que, si bien no sabe pregonar   la feria como se merece, sí os puede decir que ama muchísimo a su pueblo. Viva pues la feria de Villanueva de la Concepción, nuestra feria, y disfrutadla, que os lo merecéis por muchos motivos y, por encima de todos, por uno muy especial. Es por ese granito de esfuerzo que cada uno de vosotros habéis puesto para conseguir que este sea uno de los lugares más bonitos y llenos de encanto que conozco. Y un viva muy alto, también, para todos esos muchachos y muchachas que cada año se vuelcan, sacrificando su tiempo libre, para que nuestra feria sea cada vez más atractiva. Felicidades a todos y, una vez más, os deseo de corazón que lo paséis muy bien. Yo ya lo estoy pasando maravillosamente, con vuestra compañía que para mí significa mucho. Gracias por todo, un abrazo  y ¡feliz feria en este año 2003!.¡Ojalá sea la mejor de todas!.

 

                                   Un amigo de todos cuantos aman a nuestra Villanueva:

                                                                                  Juan Leiva León